Como padres, creo que pocas veces nos detenemos a pensar cuánto de nuestros hijos viaja en nosotros y cuánto de nosotros viaja en ellos, sin embargo no por no verlo deja de emerger frente a nuestra mirada sin que apenas nos percatemos de ello.
Con nuestros tres hijos he podido verlo, primero cómo viene emergiendo poco a poco (una frase, una mirada, un gesto desde pequeños) y luego cómo termina emergiendo del modo más inesperado (una actitud frente a la vida, o un modo de concebir al mundo que hasta verlo en ellos nos pudo resultar único en nosotros).
Supongo que esto estará documentado en algún lugar, pero no lo he visto relatado en ningún texto, y es algo que tiene que ver con el modo en que observamos las fases en el crecimiento de los hijos según vamos transitando por ellas. Mis hijos se llevan casi siete años entre si, de modo que mientras uno estaba en una etapa crucial de la niñez (a los siete años), otro vino en camino y cuando la última llegó, la mayor estaba dando el salto de los quince. Y es curioso porque, aunque es de imaginar que las demandas anímicas, emocionales, físicas y psicológicas resulta, sencillamente extraordinario, ver cómo se van desplegando esas diferencias entre ellos, a la par que nuestras similitudes de caracteres y actitudes, y el proceso de aprendizaje que ocurre en nosotros como padres.
Es particularmente enloquecedor (de esas locuras que nos ayudan a crecer, por supuesto), desde atender turnos para "mamá/papá con los hijos" o al revés, de los hijos con sus padres, atender los gustos culinarios, ajustar las tres agendas con las nuestras, negociar las ropas escolares de los dos menores (por fortuna en su colegio no hay mucha formalidad con el uniforme diario), alistar sus tareas escolares (por ahora sólo de dos), hasta buscar mantener el delicado equilibrio en que se convierten algunas tardes cargadas de tareas, asignaciones y pendientes en todos en casa (incluso la más pequeña, que siempre encuentra algo que explorar y mucho que curiosear, desarmar y experimentar). Pero si esto es una locura -hasta- bonita, no deja de ser absolutamente fantástico ver cómo todos hemos crecido y nos hemos dejado crecer en estos últimos cuatro años.
Mi medida es ésa, cuatros años, pues han sido de los más complicados en términos de salud y de situaciones emocionalmente intensas y duras, siendo, además, los tiempos en que hemos venido aprendiendo cosas terribles, seguramente preparándonos para las hermosas que también han llegado. En especial en estos dos últimos años he podido ver a mi segundo hijo evolucionar desde su aislamiento voluntario en videojuegos y televisión durante mis males de parto (que vivimos juntos en casa pues aún no tocaban y yo pensé que serían "otros dolores más"), su temor y resistencia a acercarse a la pequeña durante muchos meses pese a nuestra reducida presión y crítica por ello, hasta el pequeño compañero de juegos en que se ha transformado ahora y lo atento y nervioso que se pone porque a la pequeña Abril pueda pasarle algo. De pequeña él afirmaba que le dama mucho temor poder hacerle daño. Nuestra hermosa nena llegó a su casa rozando el kilo y medio de peso, y verla así de diminuta era para él algo inesperado.
Y es allí donde digo que somos tan ellos como ellos son tan nosotros. Como padres no teníamos otra opción: había que ajustar la familia a esta nueva condición, y atrincherarnos para que el amor fuera la mejor medicina y alimento de la recién bienvenida pequeña.
La mayor viene mostrando a diario (y a veces también inter-diario) su talante muy similar al de las mujeres de mi familia materna. A veces esto se disimula muy bien en compañía de sus amigos siempre que no aparezca alguno de los menores.. entonces se exacerban las condiciones que aunque quizás no sean frecuentes en otros jóvenes, creo que propias de su edad: egocentrismo, atención desmedida, arrogancia y búsqueda de la autosuficiencia. Su entusiasmo, ingenio, creatividad y liderazgo son condiciones que no pasan desapercibidas tampoco y, quizás por ello precisamente, es que terminamos viéndonos reflejados en ellos tanto para lo bueno como para lo malo también.
El curioso, buscador empedernido, "eterno apurado", hacker, protector de "su" gente hasta lo indecible (y pese a no manifestarlo abiertamente), es nuestro segundo hijo. Eternamente curioso, profundamente afectuoso aunque muy poco efusivo y mucho menos pendiente de las normas sociales (lo cual a muchos amigos y familia les desconcierta, todo debe decirse), muy apegado a un abrazo, una linda palabra (aunque a veces no la responda como pudiera esperarse) y un cuento nocturno; consigue dibujar en cualquier trozo de papel cosas tan increibles y necesarias en el mundo como su propia historieta de cómics o las características de su propio videojuego. Es un incesante creador.
El colofón a esta hermosa tarea por develar y aprender en la vida nos llegó, como decía antes, hace casi un par de años de mano de la pequeña Abril. Pienso que así fue porque han sido momentos de tomar la vida a otro ritmo, uno que quizás todavía no hemos terminado de asimilar y asumir del todo (por los tiempos que vamos llevando por las tareas que cada uno tiene como padres y profesionales). Desde su temprana llegada hasta este momento han sido momentos de aprendizajes de nosotros, de ella, momentos de estar juntos y de sentarnos -como ahora hacemos mucho más frecuentemente que antes- a verla cómo minuto con minuto se va desplegando como una hermosa criaturita a quien llevamos y nos lleva en el corazón.
Curiosa ecuación esta que se va formando como familia, en la que cada uno lleva un tanto de los otros y todos somos compañeros de camino en la vida.
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